Marc Pons
Tarragona. Domingo, 23 de julio de 2017
La construcción nacional de España, si es que España se una nación,
ha estado siempre en el centro del debate político y social. Desde los
inicios. El ideario doctrinario que proclamaba España como el resultado
de la feliz reunión de todos los reinos cristianos peninsulares no
es más un barniz que oculta una trágica realidad, que se manifiesta
obstinadamente a través de los siglos. Desde los inicios.
España es exclusivamente de factura castellana.
España es la expansión centrífuga —militar, política y cultural— de la
Castilla mesetaria y medieval. De sus oligarquías políticas y
económicas. La victoria borbónica en la Guerra de Sucesión (1705-1715)
certificó el
fracaso de una Hispania plurinacional, con
todas las reservas que implica hacer uso de este concepto, que se
gobernaba como una confederación. Y abrió puertas y ventanas de par en
par a la castellanización de España. Que quiere decir a la interesada
fusión de las realidades nacionales castellana y española.
Antes que los Borbones
Mucho antes de que los Borbones pusieran el culo en el trono de
Madrid, las oligarquías castellanas ya habían dado muestras evidentes de
que el régimen confederal de los Habsburgo les incomodaba enormemente.
Olivares, ministro plenipotenciario de
Felipe IV, envió un memorándum al rey (1626) en que le aconsejaba vivamente la
invasión militar de Catalunya
y la liquidación de sus instituciones de gobierno. Argumentaba que los
catalanes eran unos socios desleales y que había que castigarlos
ejemplarmente a sangre y fuego. En su maniobra se sirvió de
Quevedo, una destacada y reconocida pluma en aquellos días, que entusiásticamente llamó a la
guerra de exterminio contra los catalanes. Las cloacas del Estado de Olivares provocarían la ruina de Catalunya y la
Revolución independentista de los Segadores
(1640-1652). Una larga guerra y cincuenta años más tarde, la viuda del
último Habsburgo evitó jubilarse en Valencia porque la incomodaba su
régimen foral.
 |
| Mapa de los reinos de Hispania y Portugal. Abraham Ortellius, 1578 / Fuente: Wikimedia Commons |
Libertad contra absolutismo
Mariana de Neoburgo, la viuda del último Hasburgo, tenía un elevado
concepto de su condición regia. Tanto, que en la corte de Madrid era
temida y rechazada por su soberana soberbia. El nuevo rey, el primer
Borbón, le ofreció un exilio dorado a la orilla del Mediterráneo. Pero
la reina viuda, que era soberbia pero no era estúpida, se negó alegando
que en Valencia "con sus dichosos fueros y contrafueros" sería tan viuda
como en Madrid, pero menos reina que en Castilla. Este hecho, que no
pasa de la categoría de anécdota, tiene en cambio un gran valor para
ilustrar la mentalidad de las cabezas coronadas hispánicas. En las
Españas de los últimos Habsburgo, los regímenes forales, que quiere
decir el sistema confederal,
habían entrado en colisión con la moda absolutista que venía de París.
Una moda con un tufo unitarista que ahogaba. Cuando las oligarquías
castellanas decidieron relevar a los Habsburgo por los Borbones, sabían
perfectamente lo que hacían y lo que esperaban.
 |
| Mapa de España y Portugal, 1728 / Fuente: Wikipedia |
"Ancha es Castilla"
Felipe V de Castilla —y de España, por supuesto— es el verdadero formulador de la idea moderna y unitaria de España. Ni
Wamba, ni
Pelayo ni
el Cid Campeador. Ni
Santiago Matamoros.
España no tiene más de 300 años.
El primer Borbón hispánico y su corte de castellanísimos funcionarios
devastaron a sangre y fuego los países de la Corona de Aragón. Los
sometieron, los arruinaron, los masacraron, los saquearon y, finalmente,
les concedieron la pintoresca gracia de ser gobernados "en igualdad de
condiciones que las provincias de Castilla". Una perversa gracia que,
curiosamente, se repetiría 222 años más tarde cuando el
dictador Franco (1939) liquidó las instituciones catalanas. Simplemente estos dos ejemplos ilustran nítidamente que
la nación castellanoespañola se ha fabricado a sangre y fuego. Una adaptación de la cita de Unamuno "venceréis pero no conveceréis" podría ser la divisa que acompañaría al
Plus ultra del escudo de España.
Ensenada, el ilustrado
El marqués de
Ensenada sería como el de Sade pero
adaptado a la política. Es también una de las figuras más destacadas de
la administración pretendidamente ilustrada de la centuria de 1700. En
aquel paisaje político, social y cultural absolutamente dominado por las
oligarquías castellanas, la
unidad sin fisuras concebida como el nervio de la patria reventaba
en toda su magnitud. A falta de judíos, de moriscos y de luteranos
—masacrados y expulsados en las centurias anteriores— y con los
catalanes, valencianos, aragoneses y mallorquines derrotados y en
proceso de asimilación —se habían dictado docenas de leyes prohibiendo y
persiguiendo el uso de las lenguas catalana y aragonesa—, solo
restaba una minoría pendiente de ser depurada:
los gitanos. El ilustrado Ensenada
ordenó la detención y reclusión de "todos los gitanos del reyno", en una brutal operación de
limpieza étnica, que se saldó con el internamiento y la muerte en campos de concentración —habría que decir de exterminio— de 12.000 personas.
La Pepa
Lo que más sorprende a los historiadores es la incapacidad manifiesta
de los diputados catalanes en las Cortes de Cádiz (1810) para articular
un discurso en castellano. Y sobre todo sorprende porque eran
personajes muy implicados, familiarmente, ideológicamente, con el
régimen borbónico, que en aquellos días quería decir
reaccionariamente antirrevolucionario.
De los 16, solo dos sabían hablar castellano. Las fuentes mencionan que
los diputados castellanos y los vascos hacían befa abiertamente de sus
compañeros de bancada catalanes. Este hecho, a diferencia de la anécdota
de la reina viuda, sí que es relevante. Porque explica que en aquel
universo ideológico y sociológico resultaba patético que un individuo
letrado no tuviera la lengua española como propia. El encaje entre los
conceptos nacionales castellano y español —a través de la lengua—
ya estaba plenamente consolidado. El catalán, el aragonés, el euskera,
el asturiano-leonés, el gallego o el romaní de los supervivientes de
Ensenada quedaban para la turba iletrada y rústica, sucia y fétida.
 |
| Mapa de España, 1850 / Fuente: Wikimedia Commons |
Los liberales
Los liberales españoles de la primera mitad de la centuria de 1800 se
declararon entusiastas seguidores del modelo jacobino francés. Y de su
axioma perverso: el buen republicano habla, piensa y sueña en francés.
Adaptado a la realidad española y cañí. Muerto el absolutista Fernando
VII (1833), se postularon como los auténticos e indiscutibles
regeneradores de la política y de la economía de un reino carcomido por la corrupción, el caciquismo, la miseria y la violencia. Los liberales españoles
impondrían y universalizarían los conceptos patria y nación,
referidos, naturalmente, a la española. Exclusivamente en español
riguroso. Ninguna concesión a las lenguas consideradas rústicas y a las
naciones consideradas reliquias medievales. El exótico axioma español
asociaba la españolidad con la cultura y con la modernidad y la
catalanidad con la incultura y la rusticidad. Todavía
Suárez, el presidente de la pretendida
Transición (1976), dudaba de que el catalán fuera una lengua válida para cursar una carrera universitaria.
Comentarios