POR QUÉ SIMPATIZO CON LA IZQUIERDA ABERTZALE

Simpatizar con la izquierda abertzale
sin ser vasco constituye una temeridad que suele castigarse con la
exclusión laboral y la reprobación moral de una sociedad presuntamente
demócrata y tolerante. He perdido amigos, he sufrido el hostigamiento de
compañeros de trabajo y he soportado el desprecio de los que se
atribuyen una indudable superioridad porque se identifican con el orden
político y social surgido en 1978, cuando los partidos mayoritarios
redactaron una Constitución que garantizaba los privilegios de las
oligarquías financieras y la impunidad de los políticos y militares
franquistas implicados en un silenciado genocidio.

El Parlamento español no condenó el
golpe de Estado de 1936 hasta 2002, pero esa condena tardía e
insuficiente no ha implicado la exhumación de las fosas clandestinas del
franquismo, donde aún yacen 130.000 víctimas. La izquierda abertzale ha
sido demonizada, pero es una de las escasas fuerzas políticas que
mantienen un compromiso real con las clases trabajadoras desde una
perspectiva internacionalista. Su oposición radical al sistema
capitalista y su solidaridad con los pueblos oprimidos es un desafío
intolerable para las instituciones españolas, que han empleado la
tortura, la manipulación mediática y la deformación histórica de la
verdad para desmovilizar a la sociedad y dividir a los trabajadores,
consiguiendo que la resignación y la impotencia malogren de raíz
cualquier forma de resistencia.

Hace unos días, pueriles gestiones
burocráticas me llevaron al Paseo de la Castellana. Cerca de los
juzgados de Plaza de Castilla, un escaparate provocó mi estupor. Una
pequeña librería había llenado todos sus expositores con libros que
ensalzaban a Franco, José Antonio Primo de Rivera y la División Azul. En
una portada, incluso asomaba la sobrecogedora imagen de Hitler,
recortándose contra un cielo wagneriano, con nubes rojas y un sol
declinante. La proximidad de los juzgados sólo acentuó mi asombro.
¿Sería posible algo semejante en París, Londres, Roma o Berlín? Creo que
no, pero no conozco suficientemente esas ciudades para formular una
respuesta contundente. Ningún país con un pasado fascista conserva un
Mausoleo dedicado a un dictador que desencadenó un verdadero
“Holocausto”, por utilizar una vez más la expresión de Paul Preston. La
derecha española no es una derecha liberal o neoliberal (si es que hay
alguna diferencia entre ambos términos), sino una derecha profundamente
reaccionaria que niega los crímenes del franquismo y no esconde su
nostalgia de la dictadura. La socialdemocracia española se despojó hace
mucho tiempo de cualquier vocación revolucionaria y cortó sus lazos con
el marxismo, avergonzándose de sus propias raíces. El comunismo se
transformó en un partido marginal, soportando la acusación de ser un
movimiento totalitario. La corriente antirrevisionista que surgió más
tarde, intentando rehabilitar a Stalin, sólo ha contribuido a fomentar
su desprestigio. Es una insensatez cuestionar la Gran Purga, el Gulag,
la hambruna provocada en Ucrania por los planes quinquenales o la
masacre de Katyn en Polonia. Las evidencias históricas son abrumadoras.
Exaltar a Stalin no es la mejor forma de reactivar a una izquierda con
graves problemas de identidad y un porvenir sombrío. Casi ningún
intelectual se atrevería a suscribir hoy las palabras de Jean-Paul
Sartre, cuando afirma: “Para nosotros el marxismo no es sólo una
filosofía. Es el clima de nuestras ideas, el medio en que se alimentan.
No pedimos al marxismo sino que viva”. Lo cierto es que el marxismo es
un pensamiento moribundo, que ha llegado a definirse como “una herejía
del cristianismo” (Raymond Aron). La izquierda abertzale no ha
renunciado al marxismo, si bien entiende que es necesario actualizarlo y
adaptarlo a las necesidades del siglo XXI. La Cuba de Fidel Castro o la
Venezuela del recientemente desaparecido Hugo Chávez no son países
perfectos, pero es innegable su apuesta por una sociedad igualitaria.
Sus logros en educación y sanidad han mejorado notablemente la calidad
de vida de los sectores más desfavorecidos. En el caso de Cuba, hay
asignaturas pendientes en el capítulo de las libertades, pero la
política de acoso mediático y bloqueo económico no ha favorecido un
clima de normalización política, pues Estados Unidos y, en menor medida,
Europa nunca han dejado de ejercer un hostigamiento que –en el caso
norteamericano- ha incluido actos de sabotaje y terrorismo. La famosa
foto del Che realizada por Alberto Korda se tomó casualmente en La
Habana el 5 de marzo de 1960 durante el entierro de las víctimas del
vapor francés La Coubre. El día anterior el barco había volado
por los aires, causando un centenar de muertos y doscientos heridos. Se
trataba de un carguero que transportaba 76 toneladas de municiones
belgas desde el puerto de Amberes. El Che se encontraba cerca del puerto
y acudió a atender a los heridos. Treinta minutos después, una segunda
explosión, aún más violenta, mató o malhirió a muchos de los que se
habían acercado espontáneamente a prestar ayuda. Todo apunta hacia la
CIA, que preparaba la invasión de Bahía de Cochinos y pretendía
interrumpir el suministro de armas a la nueva Cuba.

Detesto la violencia, pero entiendo que
la lucha armada es el recurso dictado por la impotencia. En agosto de
1973, el comando Txikia, responsable del atentado que acabó con la vida
del almirante Carrero Blanco, realizó una extensa reflexión sobre sus
objetivos políticos, argumentando que la lucha armada no es “una
estrategia tercermundista” ni un “aventurismo suicida”, sino la única
alternativa posible cuando no hay vías pacíficas para un cambio social
efectivo, capaz de poner fin a la economía capitalista, “un modo de
producción basado en la explotación del hombre por el hombre”. En un
párrafo donde se advierte la lucidez de José Miguel Beñarán Ordeñana,
“Argala”, tal vez uno de los militantes más consecuentes y carismáticos
del movimiento de liberación vasco, se disipa el iluso sueño de una
transformación incruenta: “La oligarquía no va a ceder su posición ni
sus privilegios sin resistencia; de hecho, gasta sumas cada vez mayores
en el mantenimiento y la creación de unidades represivas altamente
especializadas y sin escrúpulos. Quienes piensan en un cambio sin
violencia parecen olvidar lo que la experiencia cotidiana nos enseña: la
oligarquía no duda un instante en lanzar la potencia de su aparato
represivo sobre los trabajadores y el pueblo indefensos cada vez que lo
considera necesario”. Han pasado treinta años y la izquierda abertzale
ha realizado un giro histórico a favor de la paz y la reconciliación.
Sin renunciar a su proyecto socialista e independentista, SORTU pide en
sus estatutos “la definitiva y total desaparición de cualquier clase de
violencia, en particular la de la organización ETA”. Me parece que ese
giro refleja madurez, autocrítica y esperanza. Sin embargo, las causas
que podrían justificar la violencia no se han desvanecido, pues el
Estado español nunca ha abandonado su política represiva, manteniendo la
dispersión, la prolongación de las penas mediante filigranas jurídicas y
el régimen de aislamiento de una legislación antiterrorista concebida
para utilizar impunemente la tortura. SORTU se opone al “sistema
capitalista y patriarcal”. Frente al “modelo neoliberal”, reivindica “un
socialismo del siglo XXI”, que ofrezca “una visión alternativa” basada
en “un modelo económico, político y social creíble y sostenible con una
mayoría social trabajadora como protagonista principal en el logro de
una sociedad justa, igualitaria y progresista”. Suscribo estos
planteamientos y celebro que la legítima aspiración de la independencia
coexista con la solidaridad con todos los pueblos “que sufren la
negación de sus derechos nacionales y la explotación económica y
social”. Esa solidaridad se extiende con especial énfasis a las mujeres,
que aún soportan graves discriminaciones de todo tipo. La violencia de
género es hija del patriarcado y “el patriarcado no sólo permanece y se
reproduce, sino que es inherente a la sociedad capitalista”.

No puedo votar a SORTU ni a la coalición
BILDU, pero lo haría encantado si hubiera nacido o residiera en Euskal
Herria. No se me ocurre ninguna objeción importante contra sus
planteamientos. No me gustan los sectores minoritarios que vituperan a
Otegi y reivindican la lucha armada. Tampoco me agradan los cantantes de
hip-hop que incitan a la violencia, pero reconozco con tristeza que la
revolución neoliberal iniciada en los ochenta y radicalizada con el
pinchazo de la burbuja inmobiliaria y la crisis de la deuda invita de
nuevo a la insurrección. Pobreza infantil, familias desahuciadas,
desempleo masivo, pérdida de derechos laborales, sanitarios y
educativos, superpoblación penitenciaria, nuevas leyes represivas que
penalizan hasta la resistencia pasiva. Al parecer es inaceptable
justificar la violencia revolucionaria, pero reducir a la pobreza al
21’8% de la población, forzar a los más jóvenes a emigrar, recortar
sueldos, pensiones y prestaciones sociales, privar de asistencia
sanitaria a los inmigrantes, amnistiar a los que cometen fraude fiscal,
promover la corrupción a todos los niveles e indultar a los policías
implicados en torturas, no es algo violento ni inmoral. La violencia de
ETA se combatió con todos los recursos del Estado español, sin escatimar
torturas, desapariciones y asesinatos extrajudiciales. De hecho, la
tortura y la dispersión continúan. La sociedad española prefirió mirar
hacia otro lado y todavía se indigna cuando alguien se atreve a
justificar una insurrección armada. ¿Seríamos ciudadanos sin la
Revolución francesa? ¿Existiría la Unión Europea si el Ejército Rojo no
hubiera derrotado a Hitler en Stalingrado, Leningrado y Berlín? Sin el
miedo a la revolución comunista, ¿habría humanizado el capitalismo su
rostro, creando el Estado del Bienestar? ¿Se puede asegurar que el
pacifismo no ha contribuido a desmovilizar a la clase trabajadora,
fortaleciendo a las oligarquías, libres al fin de peligrosas revueltas?
La paz es un viejo anhelo de la humanidad que no debe confundirse con el
orden público. La paz significa libertad, dignidad, solidaridad,
bienestar y yo no advierto nada de eso en la España actual.

RAFAEL NARBONA
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